Lunes, 24 de Noviembre del 2025

Ocio y pasión

Ocio y pasión

escuchá este texto y, al final de la página, la crítica iA en podcast 

Hace poco escuché nuevamente la muletilla que se popularizó todavía más con el movimiento progresista de los últimos años: «debemos encarar esto con las pasiones alegres». El parafraseo de Spinoza.

Sucedió en un contexto de activismo político y sindical. Como siempre, se sugirió que la forma de abordar y accionar productivamente es mediante la alegría, la felicidad, la buena vibra, poniéndole corazón, etcétera. Se entiende.

Una de tantas maneras sofisticadas de postular que el júbilo pasional es capaz de arremeter contra las injusticias, frenar agresiones y corregir la realidad, sin el rechazo iracundo que producen las malas condiciones de existencia que nos empujan al conflicto contra los responsables. Enojo, miedo y asco ya no son emociones bienvenidas en los proyectos del hipersensibilizado individuo alegre.

«El amor vence al odio» quizás sea el mejor ejemplo de este espíritu: binario, emocional y esperanzador; indefinido, antirreferencial, no propositivo y abstracto (como tantos lemas). Además de servirse de la oxidada contienda entre el bien y el mal, afirma que el primero es ganador. Cae dentro de lo que conocemos como políticamente correcto. Todavía más, es emocionalmente responsable cuando ofrece un horizonte de sol radiante sobre un arcoíris en un colchón de finas nubes acompañado de primaverales flores antialérgicas.

Nunca leí a Spinoza y quizás nunca lo haga. Pero apostaría todo a que el filósofo no postuló tan sencillamente la noción de pasiones alegres. No conozco eco que desde Países Bajos suene tan ligera y alegremente.

Cada vez que escucho esta lectura feliz —y seguramente tan perezosa como parcial— de la filosofía spinoziana, mi trastorno mental activa el switch del circuito en mi libroteca y, con la primera descarga, llegan conceptos sueltos: pesimismo alegre y antibuenismo.

El primero es de Henri Roorda. Pesimismo alegre fue el título que había pensado el tipo para el balance de su propia vida, último escrito antes de suicidarse en 1925.

Sus textos, entre cortos y breves (a veces aforísticos), atraviesan cuestiones sociales, afectivas, económicas, entre otras, con una espiga moral desencantada que serviría para determinar cuánto sentido tiene vivir. Finalmente, resolvió que Mi suicidio era el título más adecuado.

Sin embargo, en este libro como en otros trabajos, Roorda propone una mirada lúcida nutrida de crudeza y un tipo de humor que no alcanza a ser afrodescendiente. La ironía fue su principal forma de articulación, cuando no una franqueza incómoda y divertida por el absurdo que revela.

Mi suicidio coquetea con la crítica social, rumbea hacia lo político, pero pierde fuerza al interponer la ética y la moral antes del análisis. Por ratos, es evidente la pretensión de no dañar a los demás de ninguna forma, desgrasando su ironía como recurso. El tinte del humor es moreno. Nada de esto debilita su escritura.

De cualquier manera, critica y punza en las heridas de la humanidad sin caer en la ofensa ni en el enfoque oscuro. Al menos bajo este título, prefacio del suicidio efectivo del autor, el pesimismo alegre es una postura que permite afrontar inmediatamente la realidad espinosa sin perder vitalidad, humor y risa.

La revitalización editorial reciente de los textos de Roorda indica la tendencia a revisitar críticas no agresivas, humor ácido pero magro, no ofensivo, sin perder la alegría.

El antibuenismo es otro mambo. Proviene de la escritura estratégica fogwilliana y del cascoteo de las letras buena leche con su producto inevitable: la complacencia confortable o, en otras palabras, lo políticamente correcto.

Conozco el término por el escrito de Silvia Schwarzböck, introductorio a la serie de textos que componen un ensayo de Fogwill sobre arte y política. Estados alterados es una publicación póstuma de 2021, pero se escribió 20 años antes.

Para quienes entendemos que existe un progresismo sin subproductos adaptados a los caprichos del mercado, Fogwill es un referente de claridad y alerta. Fue un incansable denunciante de esa maniobra de marketing político y estético.

Dos líneas de mercancías progresistas fueron su objetivo: la de gama alta, para consumo en conferencias empresariales y los más refinados círculos académicos; y la línea kitsch, para el bolsillo del pequebú y la cartera de la tilinga, ideal para lucir en asambleas universitarias, charlas TED y kermeses académicas-escolares; el econopack «SOS Matria Grande itinerante» cabe en un táper para llevar a las mesas navideñas y esperar a ese machirulo imperialista que, a fuerza de sobornos para portarse bien, sostiene el orden establecido.

Más allá de la provocación y el desafío a las formas literarias tradicionales, desechando su figura de autor, Fogwill propone un entrenamiento necesario de consecuencias inevitables: nunca dejarse engatusar por las pelotudeces que la progresía de góndola ofrece. El confort político, la diplomacia dialoguista y la literatura concesiva nunca son una alternativa. Sin escalas hacia la fricción; mínimo, hasta sacar humo.

A diferencia de Roorda, Fogwill no es delicado ni amistoso; integra el conflicto, el asco, el miedo y la bronca para producir la tensión que hace posible la crítica (práctica). Verduguea porque entiende que es más importante hacer trabajar a la literatura, empujar la estética y la política hasta volverlas productivas, reales, transformadoras. Las poses —principios e intenciones— no merecen piedad, se las patea en la rótula, llore quien llore.

Las pasiones alegres son más difíciles cuando se mira de cerca el asesinato, el suicidio, las injusticias, el hambre y los dispositivos culturales que los producen. Especialmente, porque el individuo no es la bisagra, el protagonista. El meollo del asunto es ese, el sujeto y su mundillo abordable como motor de la realidad.

Da igual la emoción que se promueva durante la tanda comercial de la vida. Hacer de lo emocional la puerta de acceso a lo político es un error; convertirlo en la puerta principal es peligrosamente estúpido; imponerlo como el único acceso es criminal.

Un poco de esto organiza el ensayo de Natalia Carrillo y Pau Luque, Hipocondría moral, cuando trata la sentimentalización de acontecimiento sociales y el qué hacer; en términos generales, la postura política.

El dúo trabaja el plano del mambo clasemediero. Los pequebús y su acceso a la información sobre el mundo cruel, el equipaje moral de carcaza sólida sobre rueditas y el procesamiento de la realidad desde el terreno individual, perimetrado con alambre concertina. La fenomenología minifundista de esta era de coaching y new age.

El primer tramo del ensayo puede resultar áspero, entre casos y reflexiones, parece delinear a un sujeto cínico y desvergonzado que simula hacer algo en contra del mal, sin éxito en su lucha, pero con flamante victoria en la construcción de su imagen individual como «comprometido socialmente». La congoja, el martirio y dejar sobre la mesa un índice moral son la clave.

El sujeto hipocondríaco moral no aporta una mierda a la vida en común, al movimiento colectivo, a las causas comunes. Entra y sale de la realidad compartida, un turista que ejecuta su acto de presencia para demostrar decencia y compromiso. Se preocupa y hace algo. No es cínico mala leche; real y sinceramente hace algo, pero medio que se manda cualquiera. Quizás quiere que todo termine para volver pronto a casa con su mascota o poder participar del fútbol de los miércoles. Como sea, es un síntoma cultural de la despolitización neoliberal, por más autopercepción progre o zurda que se banderee.

En verdad, el hipocondríaco está paralizado por procesar mal, sugieren Luque y Carrillo, las causas y las posibles soluciones de los males del mundo. Concibe desproporcionadamente el alcance de su acción civil y, seguramente, humanitaria. Cree que en sí mismo está el origen del mal y la solución. Debe hacer algo al respecto porque su inacción indiferente produce o permite la tragedia. Sintetizo en mis teclas: no solo es egocéntrico, sino imbécil. A diferencia del cínico indiferente, intensamente despreciable, el culposo es adorablemente despreciable.

Los autores no profundizan en los procesos y condiciones sociales que hacen posible la afección de la hipocondría moral, apuntan a la noción de responsabilidad comunitaria para repensar y reconstruir las acciones políticas colectivas. La participación real en la realidad compartida. De esta forma se destierra la culpa, la moral, el individualismo y, agrego yo, cierta tendencia a psicopatear políticamente: el otro es el malo, yo soy el bueno y esta es la solución final, si no estás de mi lado, el apocalipsis es inminente.

Sin pretensiones, reconociendo la parcialidad de un ensayo corto, el dúo autor suma ideas para evitar el desborde de una concepción impotente frente a los problemas que se pretenden solucionar, zafar de una pose que no produce más que un perfil agradable de ver antes de scrollear.

El narcisismo moral es una de las maneras más comunes y recientes de expresar la disconformidad política e indignación sin confrontar. En su forma sofisticada deriva en estetizar la lucha. Otro tópico que no termina de discutirse.

Si aumentan el gas, sale coreografía de La danza de la garrafa; si la recesión impide el consumo de carne, teatralizamos una versión moderna de El matadero; si el Gobierno desfinancia la ciencia, metemos happening cosplay en el shopping, gritando aportes científicos revolucionarios. Quizás esto explique el éxito de los jingles de Gelatina en materia de opinión política; o el consumo de videos de cachorros para la dosis diaria de awwww o el furor de los labubus (ver video sobre kawaii) cuando se busca una estética general para expresarse.

Dejando las exageraciones y la representación ridiculizada, el origen del kawaii (lo tierno, cute, cuqui, adorable, mimable) tiene como antecedente esta necesidad de manifestarse sin violencia en repudio al mundo desagradable que habita.

El filósofo Simon May asegura que lo tierno (kawaii como estética) expresa la existencia moderna, desde angustias y ansiedades hasta cierto antiautoritarismo. Su ensayo El poder de lo cuqui encara la tarea de entender por qué los objetos adorables «colonizan» nuestra vida cotidiana. Una estética que se propaga como un virus y se cuela en los espacios más insólitos.

May es hábil y sabe del tema, no deja cabo suelto. La dimensión política (al menos el orden de la vida en común y sus conflictos) no falta en su análisis. Sin embargo, no precisa el fenómeno cuqui como estetización de la lucha política, la acción deliberada y sujeta a objetivos. Da muchísimo para pensar y revisar. Será en otra ocasión.

Si las pasiones alegres se proponen como maneras de abordar lo político, la estética adorable se impone como portal de existencia. El filósofo sugiere que el establecimiento de lo cuqui es una reacción a los horrores que ofrece la sociedad; a las formas rudas y autosuficientes se contraponen cuerpitos vulnerables y amorosos. Rechazo, parodia y cancelación.

En este plano, la estética kawaii no es exclusiva de una posición del arco político. Puede, sí, cosechar mejores frutos en territorio populista, sea de izquierda o derecha, como sucede en Argentina con el mileismo: herramienta de juguete (motosierra), perritos humanizados, bailes y berrinches infantiles, razonamientos de caricatura, peinados y movimientos torpes, pérdidas fecales y pañales de adulto. Un monstruo picaroncillo.

Entonces, no es raro ni espeluznante que la estética alegre de señalamientos creativos o la infantilización reemplacen a la crítica enojona y confrontativa. Desde que el odio y la violencia se convirtieron en espacios maniqueos de interpretación política, cualquier ser pensante optaría por otra vía de acceso a las discusiones necesarias para seguir conviviendo.

Lo espeluznante es que no emerjan nuevas formas y sigamos en esta guerrilla de trincheras entre las pasiones alegres y la mierdilla de derecha que avanza violentamente en todo el mundo.

Las pasiones, emociones y sentimientos existen; buenas y malas tienen injerencia en el qué hacer, incluso colectivo, y etcétera. Para mejor comprensión ver la película IntensaMente (1 y 2).

No importa cuánto se sentimentalice, se edulcore o se infantilice tiernamente el posicionamiento político y la militancia. No deja de ser una maniobra distractiva. Puro cotillón.

Cuando hay horror, aunque los labubus lleven explosivos dentro, si no asumen el problema, identifican el mecanismo y confrontan con los ejecutores, seguirán siendo solo un juguete lleno de buenas intenciones de poliéster. Simpáticos monstruitos portables y presentables, pero inertes e inmovilizadores. Como este texto.

 

La iA comenta en un audio el informe crítico que hizo sobre este desprolijo texto de recomendación de lecturas que invitan a pensar la inacción política. Las órdenes fueron contextualizar el material en el escenario político argentino, el ajuste y los discursos gubernamentales, y el papel de la oposición, de tal modo que sirva de soporte fuera de este sitio. También pedí que verifique la interpretación de los contenidos bibliográficos y complemente si hace falta. El coso artificial se fue un poco de tema, pero sirve para compartir.

 

 

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