Por Marce Oliveira
La colmena UNaM
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Escuchá los tres episodios de una iA comentando la jornada asamblearia por el reglamento
La jornada asamblearia del miércoles 22 fue muy productiva a pesar de la flaca convocatoria. No recuerdo haber tenido una conversación pública tan lúcida con los compas del claustro. Si no fuera un episodio aislado, sentiría orgullo como integrante de un sujeto político que habla y dice; y tal vez haga. Sí, este texto es tremendista.
Aunque solo se avanzó sobre los primeros artículos, las discusiones se enfocaron en ejes trasnversales del régimen de evaluación de desempeño: la periodicidad, los criterios de evaluación, el sistema de calificación y las garantías de objetividad y parcialidad del proceso.
Para cuando alcanzamos a tratar el artículo 5, los intercambios ya habían desbordado al documento en revisión hacia la vida universitaria. Es lógico: la implementación de reglamentaciones necesita un marco institucional acorde, regulado por normas y herramientas formales.
Antes del resumen, anticipo que hubo una amplia consonancia acerca de las condiciones generales de la institución, en lo laboral y organizacional; también en las alternativas para sortear las dificultades. El término que surgió espontáneamente —y fue bien recibido— para contener estas dimensiones fue el de cultura institucional. Genérico e impersonal, pero eficaz para operacionalizar la discusión.
En este sentido, complementaré o reforzaré lo dicho en la asamblea con palabras propias. Principalmente, porque no tengo intenciones de hacer un registro literal, no es mi deber: corresponde al gremio Apunam mantener informado al claustro y estimular el interés por estos procesos cruciales.
Las primeras mociones fueron sobre ejecutar la evaluación (1) anualmente, (2) hacerlo bianualmente o (3) postergar esta decisión y apurar la revisión de todo el reglamento. La alternativa 1 fue la más votada.
Las deliberaciones apuntaron a considerar la periodicidad en torno a los trabajoso que sería para los jefes o directivos realizar anualmente evaluaciones (falta de formación, ver comisión evaluadora, art. 8); también los periodos electorales, momentos ponderados en nuestra cultura institucional, sabiendo que el funcionariado utiliza todo lo que esté a su alcance para inducir votos a su favor o, todavía peor y cada vez más frecuente, forzar listas únicas para suprimir las discusiones de campaña y el sufragio.
En este momento se propuso cambiar el sistema de calificación nominal o categórico por la escala numérica (cuantitativo) y considerar el artículo 134 del Convenio Colectivo de Trabajo para especificar la metodología y puntaje de la evaluación.
Las siguientes mociones fueron producto de discusiones sobre los criterios de evaluación, mencionados en los primeros artículos y desglosados en el artículo 21. Se enfocaron más en evitar ambigüedades, incertidumbres y desconciertos en los indicadores (objetividad) antes que en los ítems cuestionados: ánimo de superación, creatividad, eficacia, eficiencia y colaboración.
La pregunta que introdujo esta discusión fue ¿cómo medir o valorar precisamente esos ítems sin librar la evaluación al capricho de cualquiera? La denominación cualquiera no es exabrupto: varios opinantes señalaron que no existe formación de recursos humanos ni recursos institucionales para desplegar evaluaciones laborales. La desidia en la designación de funcionarios y las promociones arbitrarias a través de los años posicionaron agentes que no son aptos para realizar esta labor. En otras palabras, predomina el cualquierismo institucional.
Las propuestas no excluyentes fueron:
(1) solicitar asignación de funciones y tareas a la gestión en gobierno y utilizar esa formalidad institucional como referencia.
(2) recurrir solamente a los indicadores que cuentan con referencias objetivas como presentismo y puntualidad (asistencia-SIU Huarpe), sanciones (no haber violado las normas universitarias ni cometido infracciones legales nacionales o internacionales) y conocimiento del área (que el agente sepa dónde está y para qué, conciencia espacial y funcional). Cuando estos tres ítems arrojen resultados favorables, la evaluación será positiva. (En verdad, son más bien condiciones antes que parámetros de evaluación).
(3) solicitar a la secretaría general de recursos humanos —y áreas afines en las unidades académicas— informes o documentos que acrediten los instrumentos de monitoreo existentes desarrollados durante la gestión para tomarlos como insumo y referencia del reglamento.
La presidencia de la asamblea no sometió a votación ninguna de estas propuestas, solamente se consensuó dejar de lado los ítems chapuceros que propician discrecionalidades: ánimo de superación, iniciativa, creatividad y colaboración.
Una postura expresada en varias ocasiones fue la de posibilitar un periodo de prueba del régimen de evaluación durante su aplicación, con vistas a modificar o corregir lo necesario.
La jornada asamblearia concluyó con algunas opiniones que podrían traducirse en mociones en los próximos encuentros: la importancia de implementar un sistema de evaluación transparente, equitativo y formativo, basado en criterios objetivos y revisables; también aspirar a una modalidad de evaluación bilateral («de abajo hacia arriba») para promover la participación en el desarrollo institucional en materia de gestión de recursos humanos.
Lo destacable fueron las varias menciones y el consenso sobre las falencias institucionales (falta de funciones definidas, formales, estructuras sólidas, inexperiencia en la evaluación). No es frecuente la expresión pública de este tipo de «diagnósticos» en un contexto político devaluado y agresivo por parte de las autoridades. Quizás sea la razón de la delicadeza de las expresiones, por ejemplo, bajo el concepto despersonalizante, no acusativo, de cultura institucional.
Es muy valioso reforzar estas críticas, lentamente van delineando los mosaicos de nuestra colmena, revelando algunos enjambres y rebelando otros. Reinas, obreras y zánganos van exponiéndose o definiéndose.
En consecuencia, durante la asamblea, resurgió el vocabulario patronal, entre dientes de sus alcahuetes, para regular las manifestaciones: «otra vez hacen catarsis». Este término impone la idea de que, cuando los nodocentes expresamos críticas o argumentos que desentonan con la cultura institucional, estamos lloriqueando o quejándonos sin razones ni propuestas de solución.
Con esta maniobra berreta desestiman las reuniones laborales, las asambleas, los plenarios de delegados, las sesiones de consejo, las acciones autónomas y toda práctica colectiva que pudiera cohesionar al claustro como sujeto político (dispuesto a accionar). Además, individualiza, formando trabajadores miserables, incapaces de intercambiar información o conocimientos con sus pares, incluso de escuchar o mirar los problemas del otro.
Si leíste hasta acá es porque no encontrás en otro lugar alguna info sobre nuestro claustro. No es solo una falta, es una política sindical y laboral. Es intencional que los nodos estemos aislados, incomunicados, desinformados y despolitizados.
En plena reforma laboral y ajuste a las universidades, trabajamos reglamentos y regímenes mientras la institución incumple el convenio colectivo de trabajo hace décadas y el gremio viola su propio estatuto. Y a nadie parece preocuparle (especialmente al cuerpo de delegados).
Estamos empujando un régimen de evaluación sin herramientas institucionales. Una evaluación que, si asistimos a trabajar diaria y puntualmente, si sabemos dónde estamos parados y que alguna tarea debemos hacer, aunque la institución no la asigne, nos levanta los pulgares con piquito. La foto más popular.
La dirigencia de Apunam no quiere pedir a las autoridades documentos que acrediten instrumentos formales de monitoreo, planificación y asignación de tareas nodocente, mucho menos cuestionar el manoseo de recursos mediante la resolución 045-2012 (mandato de asamblea). Una organización gremial que encubre el fracaso de la gestión universitaria y facilita la desregulación. En la foto de los pulgares con piquito, Apunam es la encargada de esconder las mejillas y papada de la patronal.
Así se construye la base sociopolítica de La Libertad Avanza, también la de Convergencia, Unidad y Compromiso. Por eso todo continúa como siempre, sin resistencia. Es un régimen dietario de ignorancia, desafección comunitaria, pasividad, antisindicalismo y holgazanería política.
Mañana votá como quieras o no votes. De nada sirve si no se altera el curso cotidiano de la política en nuestro propio ámbito. Por eso nos gobierna cualquier badulaque.